La violencia de los Iguales
Todo parece indicar que el 25N de este pandémico año nos vamos a tener que quedar en casa. Es como si el coronavirus se estuviera comportando como un aliado del patriarcado:
además de favorecer e invisibilizar aún más la violencia que sufren las
mujeres en sus hogares, multiplica su carga de trabajo de cuidados y
las expulsa del mercado laboral. Pero además también dificulta la
denuncia pública y masiva de estas violencias en la calle. Una vez más
escucharemos los fríos números de las mujeres asesinadas como un goteo
interminable, una auténtica lacra, dicen.
Sin embargo, los
feminicidios no son una lacra, se trata de un problema estructural que
hunde sus raíces en el patriarcado y son consecuencia de las relaciones
de desigualdad sexual que lo caracterizan. Hay pensadoras feministas que
prefieren llamarlo «fratiarcado» porque este término
describe mejor a este sistema en el que la fraternidad de «los iguales»
(los hombres) se asegura, mediante un contrato sexual, el dominio y el
reparto de las mujeres, «las idénticas», en el sentido de
intercambiables, como explica Celia Amorós.
Recuerdo
una canción de los años 70 bastante exitosa llamada «samaritana» (una
mujer prostituida, claro). En ella el autor suelta, a modo de
reconocimiento y ejemplo para las demás, perlas como... «Tu mayor
palabra fue callar»...«Tú fuiste el cuenco donde yo dejé...» «No fuiste
Una, fuiste LA MUJER». Como veis, violencia machista disfrazada de romanticismo, una canción que emocionaba a las jovencitas de entonces.
En los 80 los Ronaldos cantarían aquello de «Tendría que besarte, desnudarte, «pegarte» y luego «violarte hasta que digas sí».Son solo dos botones de muestra, porque la lista de canciones que transmiten sexismo y violencia machista es interminable.
¿Que
por qué me entretengo en estas tonterías con la cantidad de mujeres
maltratadas y asesinadas que contamos a diario? Porque una cosa lleva a
la otra. La misoginia, la cosificación y mercantilización de nuestro
cuerpo, el ninguneo y el desprecio de todo lo valioso que aportamos a
esta sociedad, genera todo un imaginario colectivo que ya es violento en
sí mismo. De la violencia simbólica no escapa ninguna mujer y lo peor es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta.
En la película «Hable con ella», por ejemplo, una violación pura y dura se muestra como un acto supremo de amor y fuente de vida.
En «Pretty woman» el mundo sórdido de la prostitución aparece tan
glamuroso y encantador que todas quisiéramos estar al servicio de
Richard Gere y ser «redimidas» por él. Así quieren que seamos, como en
el síndrome del esclavo agradecido. Cuanto más femeninas, mejor.
Pero saben de sobra que eso que llaman feminidad no es algo que vaya ligado a nuestro cromosoma X. Por eso, la doma comienza desde el mismo momento en que nacemos niñas,
se nos taladran las orejas, se nos viste de rosa y nos ponen la primera
muñeca en las manos sin consultarnos; se trata de que todas las
desigualdades prediseñadas para nosotras las vayamos viendo como algo
natural y normal.
Así lo normal será que deseemos ser madres, que
antepongamos los deseos de los demás a los nuestros, que nos
consideremos seres incompletos, que no tengamos un proyecto de vida
propio, que nos encarguemos de cuidar a todo el mundo… Nuestra autoestima dependerá de que cumplamos las expectativas y sepamos estar a la altura;
es lo que llamamos «el mandato de género»; desobedecerlo no es fácil
porque nos arriesgamos al aislamiento social y a soportar todo tipo de
descalificaciones (mala madre, marimacho, solterona, egoísta…).
En todo caso, el género lo tenemos ya tan interiorizado que nosotras mismas nos autoculpabilizamos
o incluso podemos llegar a enfermar. El género es violencia, se nos
impone por el hecho de nacer niñas, o niños y es una herramienta de
opresión, de dominación de un sexo por otro, condiciona nuestro
comportamiento y define nuestro papel en el mundo.
Hasta ahora,
ante un avance significativo del feminismo, el patriarcado ha
reaccionado intentando recuperar el terreno perdido. Ahora se atreve a
utilizar nuestros propios argumentos, pero en un sentido neoliberal: Yo
decido alquilar mi vientre, yo decido ser una puta y me siento muy
empoderada por ello, yo decido ceder a mi chico el control de mi móvil y
hacer lo que me pida… Todo esto son formas de violencia machista y la
verdad es que, empoderar empoderar…pues como que no. El negocio de los
vientres de alquiler continúa por un agujero legal, la pornografía se está convirtiendo en una escuela de violencia sexual cada vez más dura y vejatoria. Nuestro país se ha convertido ya en un paraíso para traficantes y proxenetas.
El
miércoles pasado el movimiento feminista hizo la presentación pública
de una ley abolicionista con participación de más de cien organizaciones
y con vocación de convertirse en ley orgánica. Fue todo un hito
en la historia del feminismo de nuestro país y recibió el apoyo
caluroso de numerosas organizaciones extranjeras.
El pilar básico de la ley es la protección de todas las mujeres prostituidas, cuya situación no admite más demoras.
La repercusión que este acontecimiento ha tenido a través de los medios
de comunicación ha sido muy «peculiar» y, aprovecho para decirlo
también hoy, el silencio informativo es otra forma de violencia
machista.
Fuente: burgosconecta.com